Movimientos del Pensar: Diarios 1930 – 1937
Ludwig Josef Johann Wittgenstein nació en Viena el 26 de abril de 1889. Al abandonar a sus abuelos paternos dejó el judaísmo para convertirse al protestantismo, él y su familia se mudaron de Sajonia (Alemania) a Viena, donde el padre de Ludwig, Karl Wittgenstein, ganó fuerza y admiración al volverse uno de los negociantes pioneros de la industria del acero y del hierro del Imperio Austrohúngaro. La madre de Ludwig se convirtió al catolicismo, y luego él la siguió, en encubierto desafío a su padre, aunque al morir no tuvo un entierro católico pues nunca practicó el Catolicismo.
Ludwig creció como el octavo y último de los hijos de una de las familias más ricas de Viena, donde se le ofreció un ambiente propicio para el arte y la intelectualidad. Sus padres eran aficionados a la música y todos sus hijos tuvieron dotes intelectuales y artísticas. La casa de los Wittgenstein atraía a gente culta, especialmente a los músicos. La familia recibía visitas frecuentes de artistas como Gustav Mahler. Toda la educación musical de Ludwig sería muy importante para él. Incluso utilizó ejemplos musicales en sus escritos filosóficos. Otra no tan afortunada herencia que pudo haber tenido fue la tendencia al suicidio: tres de sus cuatro hermanos varones se quitaron la vida. El otro (Paul Wittgenstein) se hizo pianista.
Wittgenstein mantuvo una posición muy crítica sobre sus colegas filósofos e incluso sobre lo que podían opinar de él otras figuras del ámbito científico.
La lectura de Movimientos del Pensar, los diarios de los años treinta, corrobora la tesis de que el núcleo lógico-ontológico de la filosofía wittgensteniana se entrelaza con las obsesiones y angustias expresadas en sus cuadernos personales. En verdad, ya los diarios comenzados en 1914 registran dos contiendas paralelas, y es difícil evitar la impresión de que las “tempestades de acero” representan sólo el decorado espacio temporal donde el alma del joven soldado entabla una despiadada batalla interior contra sus propias huestes de fantasmas. Ambos diarios muestran una indudable continuidad de fondo en el uso de metáforas castrenses, no sólo para describir el modo de afrontar los problemas filosóficos como el sitio de un bastión, sino incluso, lejos ya del frente, en los reproches que se dirige a sí mismo cuando cree pecar de pusilanimidad: “Sólo podría atacar la línea enemiga si desde atrás se dispara contra mí”. El adversario, según las circunstancias, puede encarnarse en la irresolución ante un compromiso matrimonial, en el autoengaño, en la locura, en las flaquezas de la carne, en las lisonjas de la vanidad, en el temor a una mala muerte o en la incapacidad de ser feliz. La comprensión del diario como espejo de una discordia existencial entre el espíritu y la carne es fiel a la idea bíblica de la vida como milicia. En este sentido, la obra de Wittgenstein ocupa un lugar señalado en la historia de la diarística europea en su variante filosófico-religiosa que hunde sus raíces en las confesiones agustinianas e incluso hereda elementos pergeñados en la tradición clásica del estoicismo. Todo diarista posee sus modelos y el propio Wittgenstein incluía entre estos a Gottfried Keller y Samuel Pepys, pionero en la fundación de este género tan floreciente en el mundo protestante y pietista, ajeno a la institución católica de la confesión. Sin embargo, al margen de estas afinidades electivas, su obra debería cotejarse, en una amplia perspectiva histórico-comparativa, entre otros, con los diarios de Baader, Novalis, von Platen, Kierkegaard, Amiel, Kafka, Bloy, Musil o Jünger.
El método empleado por Wittgenstein durante los años de guerra consistía en tomar notas sobre pequeños papeles que después transcribía en varios cuadernos: en la página de la izquierda consignaba los comentarios personales, generalmente cifrados con una escritura en clave, y en la página de la derecha las reflexiones sobre lógica y otras cuestiones técnicas. El Tractatus, por ejemplo, es el precipitado de las anotaciones seleccionadas y organizadas sobre la base del material reunido en la parte derecha. Los llamados Diarios secretos, aparecidos póstumamente, rescatan las observaciones íntimas contenidas en la sección izquierda, para escándalo de sus puritanos albaceas, interesados en consagrar la figura de un Wittgenstein casto y analítico, integrable en los asépticos manuales de lógica, epistemología o filosofía del lenguaje. Sin embargo, las páginas de la izquierda del cuarderno albergan los motivos profundos que impelieron a Wittgenstein a realizar el tránsito desde la pregunta por los fundamentos de la lógica hasta la pregunta por la esencia del mundo y el sentido de la vida. En este aspecto, Wittgenstein asume un concepto clásico de sabiduría, en cuanto sus diarios se guían tanto por la exhortación: “·conócete a ti mismo!” como por el imperativo “·preo-cúpate de ti mismo!”. La técnica diarística prosigue la épiméleia o cura sui socrática pasada por el tamiz de la ascética cristiana secularizada en la literatura moderna. Como el examen de conciencia de final del día en Marco Aurelio o la tradición epistolar en Séneca, el llamamiento continuo en los cuadernos de Wittgenstein a una actitud de autodominio, de impasibilidad e indiferencia frente a las contingencias del mundo o los reveses del destino responde a un rasgo típico de las “tecnologías del yo” elucidadas por Foucault: el sujeto volitivo del diario sólo puede acceder a la verdad si previamente se ha transformado y perfeccionado a sí mismo mediante la confesión, el retiro, el endurecimiento frente al dolor, la sujeción de las pasiones, la vigilancia sobre estados anímicos y corporales, la disciplina ascética de silencio, por lo demás, tan elocuente. Tal es el sentido de muchas afirmaciones contenidas en las cartas y en los diarios de este periodo: “·Cómo puedo ser un lógico si todavía no soy un hombre!”, “Quisiera ser mejor y más inteligente. ·Ambas cosas son una y la misma cosa!” o “Para llegar a ser bueno sigue trabajando”.
Wittgenstein fue implacable en el sondeo de su espíritu, y al igual que Canetti concibió el diario como diálogo solitario con el interlocutor más cruel, consigo mismo. Prueba de ellos son la falta de autoestilización, de autocomplacencia, la inmediatez, la sinceridad rayana en la flagelación. En definitiva, el autor del diario es un yo solipsista que se retira del mundo a su puesto de observación interior, tal vez más peligroso que aquella posición suicida elegida en primera línea durante la ofensiva de 1916, pues lo que anhelaba Wittgenstein no era tanto la supervivencia biológica cuanto la salvación personal incluso si es necesario mediante el dolor y la muerte voluntaria en el frente. El diario, por tanto, proporciona no sólo un método de fijación de pensamientos filosóficos, idóneo para retener ocurrencias tan fugaces y volátiles como los sueños que tienen que ser anotados inmediatamente después de despertar si uno no quiere olvidarlos, sino también una técnica de redención intramundana, una terapia de higiene mental cuya acción obra hacia dentro, con la esperanza de que al acendrar el yo se abra una perspectiva que permita vivir una vida buena, bella y verdadera.
Texto de Enrique Ocaña
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- Publicado:
- Octubre 26, 2008 / 12:07 am
- Categoría:
- Filosofía, Literatura
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